En recuerdo al doctor Margalef

D. Lloris

En esta nueva contribución, quisiera rendir un afectuoso y sencillo homenaje a la memoria de Ramón Margalef López.

Desde hace 16 años, cada 23 de mayo, mantengo un afectuoso recuerdo para quien fue mi profesor de ecología en la última fase como estudiante y secreto consultor en mis inicios profesionales.

No voy a desvelar nada sobre su carrera científica, otros ya lo han hecho mucho y bien antes, además escribir a cerca de su persona me resulta embarazoso pues el respeto que le profesé todavía sigue vigente.

Siempre que acudí a consultar cualquier cosa, por peregrina que fuera al Doctor, como se le conocía familiarmente en el Instituto, me atendió con la amabilidad propia de un colega. Con su proceder y maneras, consiguió mi total e incondicional respeto.

Igualmente ocurría con sus clases de ecología, impartidas a las ocho de la mañana, en el aula 4 de la Universidad Central de Barcelona. Su peculiar forma de explicar me llamó inmediatamente la atención. Aquello era diferente a lo que hasta entonces había conocido y me aprestaba a tomar breves apuntes de sus elucubraciones, trufadas de lo que a la mayoría de los alumnos nos parecían extrañas asociaciones.

Quiero suponer que el hecho de seguir sus clases, al margen de darme alguna ventaja como alumno, la desfachatez de la juventud y la enorme curiosidad que sentía por los temas relacionados con el mundo natural, me dieron el valor suficiente para abordarle en distintas ocasiones en la facultad o en el mismo Instituto al que él acudía con cierta periodicidad.

La primera vez que me salté el protocolo institucional (nunca escrito) de no ocupar el valioso tiempo del doctor en cuestiones baladís, fue encontrar en la orilla de la playa, adyacente al Instituto, lo que parecía una extraña y oscura oruga con cortos pelos y larga cola.

La presencia de esas vellosidades, a modo de quetas y su cercanía al mar, me indujo a pensar erróneamente, que estaba ante un poliqueto y solicité la ayuda entre el personal investigador del entonces Instituto de Investigaciones Pesqueras de Barcelona, pero, no obtuve ninguna respuesta, ni tan siquiera captar su interés por saber que era aquello que le mostraba que, con frases nada consoladoras, se desprendieron de mí y de aquella extraña cosa.

En aquellos inicios, no saber qué tenía en las manos, ni dónde buscar, me incomodaba y, a la vez, me irritaba. La única posibilidad que me quedaba era acudir al sabio Doctor, así que me armé de valor y, pese a las advertencias de muchos, acudí a su pequeño y alargado despacho que tenía asignado.

Me recibió con su característica sonrisa, cerró el libro que estaba consultando y quedó a la espera. Le alargué la placa de Petri sobre la que reposaba la, para mí, extraña criatura y pregunté si podría decirme algo sobre ella, nadie del Instituto sabía de qué se trataba.

De esa primera hazaña, han transcurrido un montón de años, pero tengo la sensación de estar viéndole. Sentado como estaba, levantó la cabeza con los ojos cerrados durante unos segundos, se alzó y se dirigió a una estantería cercana a la puerta de su despacho. Buscó con el dedo índice de su mano derecha entre los volúmenes allí alineados y sacó uno de ellos. Volvió a cerrar, brevemente, los ojos y abrió el libro elegido por sus páginas centrales para mostrarme unas ilustraciones donde se veía dibujada una criatura como la que le había traído. No se trataba de un poliqueto, era la larva de un díptero conocido como “Mosca abeja” o “Mosca zángano” cuyo nombre científico respondía a Eristalis tenax, acompañando la identificación con unos comentarios sobre la misma.

La segunda vez que asalté al Doctor, fue con un motivo similar. Me encontraba triando la captura de una pesca, cuando detecté la presencia de una pequeña, frágil y extraña criatura que nunca había visto.

Se trataba de un minúsculo animal, translúcido cuyo aspecto, bajo la lupa binocular, me recordaba lejanamente a una mantis religiosa y, al igual que en la ocasión anterior, acudí al Doctor.

El doctor, se ajustó unas pequeñas gafas, observó al minúsculo organismo y concluyó que se trataba de un caprélido, tal vez del género Caprella, sacándome, una vez más, de mi ignorancia.

El tercer abordaje fue para expresarle una queja. Una investigadora de su departamento, me había encomendado una tarea. Se trataba de limpiar los frascos de cristal que contenían muestras de fitoplancton fijado en Lugol, para el Doctor. Pero lo que parecía sencillo se transformó en un martirio.

La caja que contenía los botellines ya utilizados, mostraba un buen montón de ellos y sabía que habían acumulado un alto número de esas unidades por examinar.

La boca de dichos botellines, venía provista de un tapón de plástico, ajustado a presión, que prevenía de la posible evaporación del conservante. Tapón que, a su vez, estaba protegido por otro de baquelita negra con rosca.

Cuando llevaba casi un centenar de ellos limpiados, decidí ir a verle para que, una vez destapados y examinado su contenido, no los volviera a cerrar.

Me miro jovialmente sorprendido, preguntándome porqué debía hacerlo así y, todavía sonriente, tomó uno de los botellines, listo para ir a engrosar los acumulados en la caja. Desenroscó la tapa de baquelita y al llegar al tapón a presión le costó un poco, pero manteniendo su sonrisa, lo destapó y abriendo ambas manos, una con el frasco y la otra con el tapón, me indicó, sin palabras, lo fácil que había sido.

Entonces, le mostré la descarnada uña de mi pulgar y respondí que esta sencilla operación la repitiera cien veces seguidas. Su sonrisa desapareció, su semblante se volvió pensativo y asintió. Todos los botellines que me encontré a partir de aquel día, vinieron desprovistos de los enojosos tapones.

Hubo más encuentros como los comentados y también aleccionadoras charlas, pero, con estas breves pinceladas fui capaz de asimilar un código de valores humanos y científicos que, hasta entonces, no había llegado a interiorizar.

 


AUTOR:

Dr. Domingo Lloris, ictiólogo marino con 150 publicaciones, 60 proyectos, 52 campañas al Mediterráneo, Cantábrico, Mauritania, Namibia, Canal Beagle, mar argentino, Chile, Terranova. Pionero en el muestreo a más de 1000 m. de profundidad.

Foto de portada, en recuerdo al doctor Margalef. [Ref.: Fotocomposición D. Lloris].