La inocencia asesina del mar

D. Lloris

Años atrás, leyendo al periodista, gastrónomo y escritor Nestor Luján me llamó la atención una frase que quedó impresa para siempre en mi memoria: “La inocencia asesina del mar”. Frase que he tomado prestada para titular este artículo.

Él, a su vez, la tomó de Álvaro Cunqueiro y este, del poeta, narrador y dramaturgo irlandés William Butler Yeats. Al parecer, a través del tiempo, su rotundidad ha llamado la atención de quienes han vivido de cerca la contradictoria imagen que muestran mares y océanos y a poco que se reflexione sobre su inmensidad, fuerza, poder y versatilidad nos damos cuenta de que estamos frente a una imagen amenazadora y sobrecogedora. Imagen que, en cuestión de minutos, puede transformar una embarcación en un indomable caballo que zarandea violentamente, sin compasión, al jinete que lo monta.

Ese zarandeo, no es cuestión de un momento que pasa fugaz. Se trata de un malestar generalizado. Aparece el sudor frío en la nuca; los olores se agudizan y, a menos que estés firmemente unido a un sólido punto de apoyo, recibirás todo tipo de golpes. La sensación de impotencia es otra manera de percibir y te das cuenta de que formas parte de algo que parecía grande y formidable en el puerto, pero que en esas condiciones se transforma en un juguete demasiado pequeño y frágil, sometido a un constante bamboleo. Por la noche, si estás de humor y situado en un punto privilegiado percibes un magnífico y estrellado cielo que oscila mareante de un lado a otro, sin más perspectivas que la obscuridad más absoluta.

Sin querer presumir de nada, pues nada hay de qué presumir ante un mar que se muestre irritado. He de decir que he visto proas y puentes con las planchas de acero retorcidas como si fueran papel de aluminio por los formidables embates de las olas recibidas.

Cuando la embarcación es de madera y el mar está intratable, se siente el crujir de toda su estructura, y las juntas rechinan, dando la sensación de querer desgajarse y escapar del material que las mantiene unidas.

Según el lugar que ocupa tu camarote tendrás noción de lo que en términos marineros se conoce como “pantocazos” (impactos contra el casco, cuando este se levanta de proa y cae sobre el oleaje), solo que, en este caso, esa será la música que nos acompañe, constantemente, día y noche mientras el buque navega. Cuanto más alta sobresalga la proa, más fuerte y sonoro será el golpe recibido.

Algunos pueden pensar que el tamaño de la embarcación les protege y, en cierta medida, tienen razón, pero tanto o más importante es la pericia y profesionalidad de quien gobierne el buque. Aquí, ocurre otro fenómeno que, en los últimos tiempos, es poco o nada comprendido por muchos jóvenes, educados en una sociedad supuestamente democrática. Desconocen que en un buque eso no funciona así.

La autoridad máxima la desempeña el patrón o capitán, según se tercie, y esa autoridad es jerárquica. Uno manda y todos obedecen sus órdenes. Es decir, a bordo impera otra manera de funcionar, algo distinta de lo acostumbrado en tierra, cuya sensación de autoridad se muestra más diluida, transformándose en una serie de normativas de comportamiento que unos siguen y otros no. No diré nada sobre el confinamiento cuando las travesías son largas. Ahora, tras los acontecimientos vividos los últimos meses, ya se ha aprendido algo.

Este artículo viene a cuento, después de ver anunciado en estas mismas páginas del ICM divulga, que el próximo 8 de junio se celebra el día de los océanos. Una magnífica oportunidad para hablar, como se suele, de la investigación en mares y océanos, pero, casi siempre se obvia toda una serie de aspectos que estas tareas conllevan, tal vez contribuya a ello porque hay más investigadores que ven el mar desde su base en tierra y son otros los que les recogen la información con la que trabajan.

Es probable que algunos crean que no es para tanto, otros me darán la razón, incluso habrá quienes disfruten en medio de un bravo temporal. A todos les diría que se lo tomen con calma y el debido respeto, porque el mar es todavía más de lo que aquí cuento. Hay que sentirlo en los días calmados, pero especialmente cuando ruge enfurecido. Cuando presenta las olas largas y cuando son cortas, pues su movimiento y navegabilidad es mutante.

Si con esto no es suficiente para ir tomando consciencia de lo que se tiene entre manos. ¡Ningún problema! – No hace falta haber cruzado el Cabo de Hornos, el de Buena Esperanza, el Atlántico Norte, haber visitado Flemish Cap o pasado por las Azores, entre muchos de esos bravos lugares que diversos colegas ya han visitado, basta con experimentar una salida en un pesquero comercial cuando sale a faenar, durante una semana, al Golfo de León y todos sabrán de qué les hablo, aunque, como consuelo, siempre les quedará YouTube para tomar contacto virtual con algún temporal. Seguro que, en esos momentos, nadie recordaría el pensamiento naif en hacer mejor al Océano Pacífico, que, por su magnitud, podría contener tres lunas, deseando que sea igual que lo fue antaño, antes de la llegada del plástico.

Algo similar les diría a quienes tuvieran la mala fortuna de caer al agua, en las proximidades, de esas bonitas y siempre hambrientas aves marinas que adornan los cielos aledaños. Esas, precisamente esas, serían las que probablemente acabarían con su vida. Sin embargo, a pesar de ello, ahora que estoy alejado de todas esas sensaciones, sigo echando de menos esas inmensidades y, el sentido de libertad que inspiran.

 


AUTOR:

Dr. Domingo Lloris, ictiólogo marino con 150 publicaciones, 60 proyectos, 52 campañas al Mediterráneo, Cantábrico, Mauritania, Namibia, Canal Beagle, mar argentino, Chile, Terranova. Pionero en el muestreo a más de 1000 m. de profundidad.

Foto de portada: B/O “García del Cid” en un temporal (Cañón de Lastres – Asturias). Abajo a la derecha, dos Paiños o pájaros de las tormentas (Hydrobates pelagicus). [Ref.: Fotomontaje artístico D. Lloris].