El mito de una frase hecha

El mito de una frase hecha

Una atribución injustificada “Tener memoria de pez”

D. Lloris

Hace unos meses me encontraba, junto a unos amigos pescadores, comiendo unas apetitosas gambas rojas y, el comensal que tenía al lado, a la sazón, director de un periódico de difusión estatal, calificó a otro de los allí presentes de tener memoria de pez. Frase que me llamó la atención, dado fue emitida por quien suponía persona instruida.

Asimismo, en un magacín reciente de televisión la volví a oír, pensando que la frase de marras sigue vigente. Tal vez promocionada, por la película de animación Buscando a Nemo, donde uno de sus personajes, el entrañable Dory, era tremendamente olvidadizo.

No, amigos, no, la creencia de que los peces apenas pueden recordar algo durante unos escasos 30 segundos o recordar lugares y situaciones hasta doce días después, como nos han dicho algunos investigadores, no es cierta. Puedo dar fe de ello.

Los peces en general, poseen memoria y, como ocurre con otros animales, no solo disponen de esa capacidad, también aprenden.

De los pescadores deportivos aprendí una técnica, llamada brumeo, para atraer a las potenciales presas a un determinado lugar. Era una práctica frecuente con la que se aseguraban un fructífero y feliz día de pesca.

A principios de 1975, tuve la oportunidad de embarcar en un buque factoría de pesca comercial que faenaba en aguas de Namibia. Allí, pude contemplar lo que entonces consideré un efecto de lo que había leído sobre los reflejos condicionados de Pávlov, pero lejos de un laboratorio, en plena alta mar (Fig. 1).

Fig. 1: Popa del B/F “Arcos”. Faenando en aguas de Namibia. Copo con captura de merluza del Cabo (Merluccius capensis) – 1975. [Ref.: D. Lloris].

Ocurría que cada vez que se ponía en marcha la enorme y ruidosa maquinilla de pesca, acudían centenares de aves de diferentes especies a picotear los peces que escapaban o sobresalían de entre las mallas del arte de pesca.

En una de esas ocasiones, subí a una plataforma del portalón de popa para fotografiarlas. Fue entonces cuando bajo la superficie del agua vi que unas veloces formas se desplazaban a uno y otro lado por debajo del saco de la red. Eran escómbridos haciendo lo mismo que las aves, comer. Sorprendido, acudí una y otra vez a visualizar algo que no había visto nunca que, los peces como las aves, también respondían a un reflejo condicionado – el sonido de la maquinilla – que les auguraba comer sin esfuerzo.

Algo confundido, medité sobre el aislamiento ecológico de la interfase aire-agua que, en este caso, se interconectaban a través del casco del buque. En el exterior alertaba a las aves, mientras que, a través del casco, el sonido penetraba en las aguas advirtiendo a los peces que allí también había pitanza para ellos.

Años después, tuve otra experiencia que me confirmó que los reflejos condicionados podrían jugar un importante papel en cuestiones relacionadas con las necesidades tróficas, pero también para memorizar aquello que puede ser beneficioso o desfavorable para ellos.

Fue en cala Margarida (Palamós). Me encontraba cerca de un islote ubicado a cierta distancia de la orilla. Enseñaba a una de mis hijas cómo comían mejillones dos enormes doradas que llegaron curiosas a media braza de distancia de donde nadábamos. Me fascinaba observar sus lentos movimientos en torno nuestro. Veía como en cada vuelta, sus globos oculares giraban sin perdernos de vista y como descendían rápidamente cuando soltaba alguno de aquellos bivalvos. Oía hasta el crujido de las valvas cuando eran aplastadas por sus potentes molares.

En esas estábamos, cuando ambos ejemplares hicieron un brusco movimiento y empezaron a deslizarse hacia el fondo donde desaparecieron. Pensé que se habían hartado de nosotros y de la comida que les suministraba, pero me equivocaba. Al poco, dos oscuras siluetas, provistas de largos fusiles de pesca, se iban acercando. Tanto mi hija como yo nos quedamos a la expectativa. Seguro que ambos pescadores sabían que por aquellos pagos podían capturar valiosas presas. Nadaron por las proximidades hasta que se marcharon de vacío en busca de otros fondos más rentables. Nosotros todavía permanecimos en el lugar aprovechando para mostrar a mi hija lo que creía podría ser interesante y, de nuevo, vimos como las dos doradas, ascendían de entre las rocas del fondo y se colocaban, observándonos, a la misma distancia que lo habían hecho anteriormente. Les di el resto de mejillones y nos fuimos. No pude quitarme de la cabeza que habían distinguido como peligrosas las dos siluetas con fusil de las nuestras con los mejillones.

He tenido y sigo con experiencias similares en distintos lugares visitados, pero el espacio disponible es el que hay y debo ir terminando, no sin antes dejar constancia de una de ellas que resultó definitiva en cuanto a la memoria de los peces y el tiempo que la conservan.

Desde hace más de 20 años tengo en casa un acuario marino con una capacidad de 200 litros, donde acostumbro a observar el comportamiento de peces y otros organismos que comparten ese espacio. Observo sus respuestas ante estímulos que son de mi interés. Añadiré que siempre soy yo quien les dispensa el alimento y, cuando llega el momento, se muestran nerviosos o nadan sin perderme de vista, a la espera de su acostumbrada ración.

Como ocurría cada año tuve que salir para embarcar en una campaña pesquera de larga duración, por lo que encargué a mi mujer darles de comer a la hora acostumbrada. A mi vuelta, pregunté si había tenido alguna incidencia en el acuario. Su respuesta fue que durante un tiempo, cuando llegaba la hora acordada para comer, nunca los veía, en especial el más aparente cirujano amarillo (Zebrasoma flavescens) Eso se repitió durante unos días hasta que, finalmente, aparecieron.

Aquello me sorprendió y ese mismo día de mi llegada fui yo quien les alimentó y, como ocurría siempre, acudieron rápidos a la cita. Llamé a mi esposa para que los viera después de los 40 días de ausencia.

Al día siguiente volví cubierto con la capucha de una sudadera. No me atrevo a interpretarlo, pero allí se quedaron observándome hasta que les di lo que querían.

 


AUTOR:

Dr. Domingo Lloris, ictiólogo marino con 150 publicaciones, 60 proyectos, 52 campañas al Mediterráneo, Cantábrico, Mauritania, Namibia, Canal Beagle, mar argentino, Chile, Terranova. Pionero en el muestreo a más de 1000 m. de profundidad.

Foto de portada: Cirujano amarillo (Zebrasoma flavescens) en un acuario coralígeno [Ref.: D. Lloris].

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