Causa y efecto – I

Causa y efecto – I

¿Es el efecto dominó o el vuelo de la mariposa?- ¿Tal vez ambos?

D. Lloris

Entre 1715-1771, el controvertido filósofo francés, Claude-Adrien Schweitzer, más conocido como Claude-Adrien Helvétius, escribía: La verdad es una antorcha que luce entre la niebla, sin disiparla. Frase que, en su momento me condujo a intentar desarrollar un breve capítulo sobre cuestiones relacionadas con el concepto de Causa y Efecto (Lloris, 2019). En ese entonces, me encontraba limitado de espacio y decidí volver a esa tarea en otra ocasión. Ahora y aquí también tengo el espacio muy limitado, pero intentaré aportar unas pinceladas más a aquel primer esbozo.

Si acudimos a su definición veremos que nos dice: El principio fundamental para establecer causa y efecto está en demostrar que los efectos observados en un experimento ocurrieron después de la causa, que, en mi opinión, no es tan brillante y válida como parece. En particular, cuando se interpreta aquello que solamente representa un fragmento o parte de un proceso.

De esta definición destacaría dos palabras: experimento y demostrar. La primera limita su verdad al ámbito del laboratorio con los controles necesarios para validar fehacientemente su relación, mientras que demostrar no siempre es posible en un escenario natural, donde las variables implicadas son múltiples y no siempre conocidas, medibles o controlables.

Por mi parte, he de confesar que, con solo pensar en ello, me produce un inquietante vértigo, difícil de sobrellevar, debido a que, mi imaginario, encubre múltiples posibilidades que debo relegar al cajón de las hipótesis, por las dificultades que entrañan.

¿Entonces? ¿Deberíamos pensar que se trata de un principio que empieza y se acaba en sí mismo como el efecto dominó, o se trata de una causa insignificante que forma parte de un proceso de largo recorrido, cuyo origen se desconoce, pero que da lugar a un diversificado entramado de microcausas con un determinado desenlace que, a su vez, genera otros entramados, como ocurre con el efecto mariposa?

Mientras permanezco en esa deriva, no dejo de pensar que lo habitual, es olvidarse de esas minucias y ceñirse a la imagen pragmática que todos tenemos sobre el significado de esos dos términos. Tratar de profundizar en ellos solo ocasiona dolor de cabeza y pérdida de tiempo. No importa tomar decisiones en función de lo que no siempre es certeza, pero, resulta que ahora dispongo de ese precioso tiempo y sigo dándole vueltas.

Para colmo de mi desdicha, en estos días, de obligada reclusión por el covid-19, han caído en mis manos unas lecturas que me han devuelto, como el juego de la oca, a la casilla de entrada. Se trata de una traducción del I Ching por Richard Wilhelm y un proverbio recopilado por George Herbert (1651).

Leo que el I Ching, oráculo que contempla un total de 64 casillas me evocan a los escaques del ajedrez y sorprende su similitud con una matriz de contingencias con sus columnas y filas y, en esencia, con la misma finalidad estadística, cuando se aplica un Análisis de Componentes Principales buscando cuáles, de todos los factores obtenidos en un muestreo, tienen más relevancia. ¡Es fantástico! Los chinos ya trabajaban 3000 años a.c., en cuestiones que el mundo occidental necesitó más de un milenio después en aproximarse a tales procedimientos.

Para comprender el I Ching, es fundamental jugar con el concepto de sincronicidad y lo que solemos denominar como casualidades no son tales, sino que deben considerarse como algo más que una coincidencia de eventos en un espacio y tiempo determinado. Es entonces, cuando se nos muestran aspectos desconocidos relacionados entre sí, como nos dice el proverbio sobre cómo el aleteo de una mariposa puede ocasionar una devastación lejos de donde se originó.

El proverbio encuentra su reflejo en un poema, recopilado por George Herbert, que versifica sobre la muerte del rey inglés Ricardo III, en la batalla de Bosworth Field, en 1485, en el que concluye que por un clavo se perdió un reino.

Por la falta de un clavo fue que la herradura se perdió/ Por la falta de una herradura fue que el caballo se perdió/
Por la falta de un caballo fue que el caballero se perdió/ Por la falta de un caballero fue que la batalla se perdió/ Y así como la batalla, fue que un reino se perdió/ Y todo porque fue un clavo el que faltó.

En ambas formas se ejemplifica la teoría del caos basándose en la cual, cualquier acción u omisión por insignificante e inconexa que parezca, es capaz de alterar a corto, medio o largo plazo cualquier evento que no creeríamos pudiera estar conectado con la causa que lo ocasionó.

Por otro lado, es asombroso conocer cómo se asientan nuestras convicciones, sustentadas por una serie de verdades que en realidad no son más que suposiciones sin más base que la repetición exhaustiva que, en boca de unos y otros, toman carta de naturaleza hasta convertirse en nuestro sostén cotidiano.

Constantemente, en la diversidad de medios de información, nos abordan multitud de expertos que intentan explicar cualquier evento ya sea de carácter social, político o científico y, algunos, incluso, se atreven a vaticinar inminentes futuros y las causas que los originan que casi siempre rondan el alarmismo.

No nos damos cuenta, pero esta forma de explicar el entorno, por cualquier espadachín del lenguaje, nos condiciona y, a la vez, faculta, subliminalmente, para tener una falsa sensación de conocimiento que explique cualquiera de los diversos escenarios que pueden darse ¡Atención! No confundamos probabilidad con certeza.

Lamentablemente, esta forma de comunicar avanza entre nosotros de forma imparable, devaluando el significado y el sentido de las palabras i de las ideas. No se busca la veracidad, se intenta que el discurso emitido importe más en la forma que el contenido. Se trata de encontrar un receptor que lo asuma lo difunda, transformándose, en sí mismo, como causa y efecto inmediato. ¿Aplastará la última pieza del dominó al caer sobre quien originó el primer movimiento de caída?

REFERENCIAS

Herbert, G. 1651. Jacula Prudentum or «Darts of the Wise«. Scholar Select.
Lloris, D. 2019. Anecdotario y vivencias de un Ictiólogo (Anacefaleosis 1971-2018). Ed. Tapa blanda. Amazon, 314 pp.
Wilhelm, R. (Traduc.). 2017. I Ching (Abreviado). El libro de las mutaciones. (Versión rústica en español de 2017). Pocket Edhasa. 360 pp.


AUTOR

Dr. Domingo Lloris, ictiólogo marino con 150 publicaciones, 60 proyectos, 52 campañas al Mediterráneo, Cantábrico, Mauritania, Namibia, Canal Beagle, mar argentino, Chile, Terranova. Pionero en el muestreo a más de 1000 m. de profundidad.

Foto de portada: Alegoría de la combinación del efecto dominó y mariposa, donde se resume la influencia reguladora del río Nilo y sus efectos, en todo el Mediterráneo tras la construcción del embalse de Asuán. [Ref.: D. Lloris, 2019b].

Hablemos del Mediterráneo – III

Hablemos del Mediterráneo – III

El Mediterráneo. ¿Un mar sin peces?

D. Lloris

En primer lugar, quisiera anunciar que este artículo forma parte de otro más extenso (Lloris, 2019), donde se detallan aspectos de la problemática anunciada en el título.

Las alarmas respecto al estado de salud del Mediterráneo no son nuevas, vienen de lejos y, a poco que busquemos, encontraremos un gran número de artículos que nos cuentan sus dolencias. Si nos ceñimos a los temas pesqueros quisiera decir que, en mi opinión, el tema de la sobrepesca se ha llevado a límites extremos, metiendo en el mismo saco indiscriminado a todo el sector pesquero local y mundial y, en particular, a la pesca de arrastre, cuando existen matizaciones a todo lo que se vierte en los medios de comunicación ya sean estos científicos o pseudocientíficos.

A este respecto, el lector debe saber que nunca, ni antes, ni ahora, nuestros pescadores litorales, han conseguido abastecer una ciudad como Barcelona y, si algunos han creído que por más capacidad de pesca que den a las embarcaciones, encargadas de ese menester, conseguirán alcanzar esa quimera, que se lo vayan quitando de la cabeza, entre otras causas, debido a que la capacidad de producción de los caladeros habituales, es la que es y todavía la conservan en mayor o menor medida dependiendo de otros factores.

Y, ahora toca un poco de historia. Según nos cuentan López-Linage y Arbex (1991), existen toda una serie de documentos sobre la pesca en Cataluña, de lo que, entonces (1681-1794), se denominaron «Las guerras del gánguil», cuando los innovadores armadores de la época utilizaban una o dos embarcaciones a vela, equipadas con una red de arrastre bentónico, conocida como «Gánguil» (Tartanas) (Fig.1), cuyo uso, según decían sus coetáneos, que no la empleaban, mermaba considerablemente la cantidad de pesca disponible y, en consecuencia, el potencial de captura de todos ellos.

Fig. 1. Pesca con Gánguil remolcado por una pareja de tartanas que mantienen los tiros del arte de arrastre abiertos. [Ref.: López-Linaje y Arbex, 1991 + Duhamel du Monceau].

En ese tiempo los argumentos podrían ser válidos, pero hoy sabemos de las distintas modalidades de pesca pensadas para la captura de unas especies y no de otras que, a su vez, ocupan distintos intervalos batimétricos y fondos que no son rastreables bajo la penalización de la pérdida de sus aparejos.

Cuatro siglos más tarde, seguimos en las mismas. Un libro publicado por Cury y Miserey. (2012), traducido como «Una mar sense peixos«, ya anuncia cuál puede ser su contenido, pero si, además, a esta edición, a modo de vanguardia de las páginas que vendrán después, se le añade un insólito apartado introductorio, preparado por dos biólogos pesqueros, ajenos a la autoría de la obra, donde nos anuncian el estado en que se encuentra la pesca en el Mediterráneo occidental, no hace falta ponerse estupendo para intuir que el libro versará sobre los tópicos y evidencias generalistas de siempre, recogidas en mares y océanos del planeta, donde cualquier referencia al Mediterráneo será tangencial, por lo que dichos prologuistas, inducen a pensar que lo mismo ocurre en el Mediterráneo. Veamos, entre otras cosas, qué nos dicen en dicho apartado introductorio:

[«…si queremos ver peces en su medio, vamos a uno de esos pequeños lugares conocidos como reservas marinas o, peor, a un acuario. Especies que antes formaban parte de la vida y de la dieta de nuestros antepasados han desaparecido o son rarísimas…»]

Desconozco de dónde provienen las observaciones que han inspirado a estos dos autores, para escribir esas líneas, pero si es así como ven al Mediterráneo, poco se puede esperar de ellos para proporcionar cualquier cura paliativa que mejore su salud.

A todos los que así piensan les diría que su incapacidad de ver peces, no impide que estos, no solo los vean y oigan a ellos porque, dependiendo de su actividad, pronto los tendrán cerca, dejándose ver o mantendrán la distancia que toda prudencia aconseja ante cualquier encuentro con el ser humano. Una pincelada de esto lo hemos visto estos días de confinamiento, sorprendiéndonos viendo caminar por nuestras calles animales no habituales.

Tampoco sé a qué se refieren, cuando nos hablan de la dieta de nuestros antepasados y hubiera sido interesante que la detallaran para darles la razón o quitársela, pero en su lugar diré que, un par de generaciones atrás, los pescadores no consumían la variedad de pescado de hoy día y, para conseguirla, no se alejaban, como ahora, demasiado de la línea de costa y, todas las especies que entonces estaban, siguen presentes hoy en día, a excepción del siempre socorrido ejemplo del esturión, cuya desaparición local parece ser debida a causas ajenas a las pesquerías.

Personalmente, no dejo de pensar en el escaso interés de los redactores de ese escrito por el conocimiento de estos organismos de los que solamente perciben aspectos relacionados con sus abundancias y biomasas, sin prestar atención a su capacidad de aprendizaje, memoria y supervivencia, pero esto sería entrar en otra discusión de ámbitos más sutiles, no exentos de innumerables ejemplos empíricos (véase en este mismo blog: “El mito de una frase hecha. Una atribución injustificada: Tener memoria de pez”).

En cuanto a los peligros que acechan a este mar podría extenderme hasta algo más allá de la saciedad, pero quien esté leyendo estas líneas encontrará muchos de estos titulares en las hemerotecas y en los medios digitales actualmente disponibles.

REFERENCIAS
Cury, Ph. y Y. Miserey. 2012. Una mar sense peixos. (Traducción al Catalán de J. Lleonart y F. Maynou) para L’Institut d’Estudis Catalans. Secció de Ciències Biològiques. 238 pp.

Lloris, D. 2019. Hablemos del Mediterráneo (y… de los peces que lo habitan). Amazon. 242 pp.

López-Linage, J. y J.C. Arbex. 1991. Pesquerías tradicionales y conflictos ecológicos 1681-1794, Ministerio de Agricultura, Pesca y Alimentación. 316 pp.


AUTOR:

Dr. Domingo Lloris, ictiólogo marino con 150 publicaciones, 60 proyectos, 52 campañas al Mediterráneo, Cantábrico, Mauritania, Namibia, Canal Beagle, mar argentino, Chile, Terranova. Pionero en el muestreo a más de 1000 m. de profundidad.

Foto de portada: Captura de 22 toneladas de anjova (Pomatomus saltatrix), cerca de Benicarló (Castellón). [Ref.: F. Nieto].

Hablemos del Mediterráneo – II

Hablemos del Mediterráneo – II

Oráculos, augures, hierofantes y profetas

D. Lloris

Hace unos días, tras leer un nuevo artículo sobre los males que afectan al Mediterráneo y las causas responsables, detectadas a partir de los nuevos oráculos, actualmente denominados modelos, no he podido evitar pensar en la abundancia de estos y la fe que en ellos depositan sus seguidores. Tema que traté, en diferentes apartados, con cierta extensión (Lloris, 2019) y que, ahora, con las obligadas limitaciones del espacio en esta bitácora he intentado resumir.

Tiempo atrás, bastaba cualquier fenómeno natural, causante de alguna desgracia que involucrase a un colectivo humano, para ser atribuido a la ira de los dioses que castigaban a los hombres por no haber seguido las leyes difundidas por quienes estaban interesados en amedrentar y confundir.

Aún hoy día, todavía, ante una larga sequía, se forman procesiones y rogativas para alejar el mal generado como castigo a nuestros pecados y, hay quienes, se sacan una teoría conspirativa de la manga antes que canta el gallo. También siguen entre nosotros aquellos que, antes de empezar una competición deportiva, miran al cielo y se persignan para tener de su parte la baza del todopoderoso.

Ocurre que, durante el proceso de asentamiento de una nueva manera de pensar, la sociedad que nos rodea, tampoco se mantiene estática, cambia y evoluciona hacia posturas que difieren, poco o mucho, de la esencia fundacional.

Durante un tiempo, perduran los guías y los apóstoles, pero, a su vez, también los detractores, moderados o furibundos, y quienes utilizan una u otra postura con finalidades diversas. De este modo, en una primera etapa, se va despertando la sensibilidad de las gentes frente a una serie de acontecimientos, para alcanzar, posteriormente, la insensibilidad por agotamiento o, en busca de un cambio sustentado por el anuncio de un nuevo paradigma.

Desde siempre, estos escenarios, vienen acompañados de profetas que proclaman la buena nueva, con promesas de un futuro paradisiaco, siempre demasiado lejano, para los seguidores de sus postulados y, el caos, para quienes no comulguen con ellos.

Actualmente, no existen demasiadas diferencias, aunque se utilizan técnicas retóricas algo distintas, pero similares al arte de elaborar la trama de lo que se consideraría una novela histórica, es decir, mezclando verdades documentadas con la fantasía, las conjeturas y la especulación. En el camino, fruto del exceso, se va perdiendo nuestra capacidad analítica, aceptando o rechazando, irreflexivamente, sin cuestionar la veracidad de la información recibida por afamados augures, ahora, llamados expertos o tertulianos que hoy día nos amenizan los medios de comunicación al alcance de todos.

Olvidamos fácilmente a los antiguos sabios que, ante este tipo de personajes – los hay en todos los ámbitos – nos decían que hablar del futuro, era como seguir el camino más corto para equivocarse, advirtiéndonos que estas cuestiones relacionadas con el futuro, conseguían hacer troncharse de risa al mismo Dios.

Situados ya en el camino que se pretende abordar, diría que todo conocimiento científico debe ser discutido con la mejor información posible y, además, ofrecer la contingencia de ser verificado empíricamente sin que influya para nada la subjetividad personal. Sin embargo, continuamente se emiten conclusiones elaboradas sin estas premisas, eso sí, con voluntad advertidora y tendencia al reclutamiento de personal sensible, generalmente de buena voluntad, que más tarde contribuirá espontáneamente a difundirlas.

En ocasiones, tengo la sensación de que la partida del conocimiento parece jugarse entre la ciencia y la especulación (paraciencia o pseudociencia), dirigida a una sociedad que consume la información de forma acelerada.

En ciencia también se buscan llamativos titulares para situar en buen lugar los supuestos nuevos avances del conocimiento, sin parar mientes en el material que los ha generado y, pronto los olvidamos para dar paso a otros que parecen más novedosos. Solo nos damos cuenta de la cantidad de causas equívocas que los han originado con el paso del tiempo y aun así los ignoramos. Tal vez vayamos demasiado rápidos en sentenciar lo complejo sin el adecuado bagaje y al igual que nos dice Gardner (1989), pasar muchas de esas verdades por el ojo relativizador del tiempo. Sin embargo, siguen ahí con su carga de entropía desestabilizadora.

Así, los titulares que más veces nos llegan, respecto a la temática en curso, aluden a: «El Mediterráneo se muere», más prosaico y directo que esté otro, de corte académico, «El mar Mediterráneo resulta ser el ecosistema más amenazado del planeta». Otro titular, con bastante difusión, gracias a la brillante retórica de quien lo emitió y, porque, además, iba más lejos, señalando directamente a los presuntos causantes del desaguisado como fue: «El mar Mediterráneo va camino de convertirse en una sopa de medusas y microbios a causa de la sobreexplotación pesquera» o el último, a propósito del día mundial de los océanos (8 de junio), donde en la promoción de un video de National geographic, un indocumentado nos dice que “El Mediterráneo ya es el mar más contaminado del Mundo”. Decir esto, es tener una limitada idea de lo que acontece en el Mediterráneo y en otros lugares, como por ejemplo el mar Caspio, el Negro o el de la China meridional.

Si a estas tendencias les añadimos otros factores que suelen estar presentes en este tipo de discursos, como es el de despertar algún miedo atávico o al beneficio que obtendremos, se consigue el cóctel idóneo con el cual arrastrar al personal de forma incondicional.

No quedan fuera de este repertorio los supuestos y las conjeturas circunscritas a la fabulación, pero debemos saber que los artículos que los contienen, solamente indican el desconocimiento o incertidumbre de quienes pretenden convencernos de su verdad.

El profesor de la teoría de los procesos irreversibles, escritor y divulgador Jorge Wagensberg, estaba en lo cierto cuando, en uno de sus aforismos, decía: Adivinar el futuro es el segundo oficio más antiguo de la historia”.

REFERENCIAS

Gardner, M. 1989. La ciencia. Lo bueno, lo malo y lo falso. Alianza Editorial. 640 pp.

Lloris, D. 2019. Anecdotario y vivencias de un Ictiólogo (Anacefaleosis 1971 – 2018). Amazon. 314 pp.


AUTOR:

Dr. Domingo Lloris, ictiólogo marino con 150 publicaciones, 60 proyectos, 52 campañas al Mediterráneo, Cantábrico, Mauritania, Namibia, Canal Beagle, mar argentino, Chile, Terranova. Pionero en el muestreo a más de 1000 m. de profundidad.

Foto de portada: Oráculo conocido como “Bocca della verità”. Se le atribuyen diferentes leyendas entre ellas, la más popular es aquella que dice: Quien introduce la mano en su boca y miente, irremediablemente, la pierde. Podría ser interesante que algunos expertos se sometieran a esta prueba igual que hizo el emperador Flavio Claudio, más conocido como Juliano el apóstata. [Ref.: Fotomontaje D. Lloris].

A uno de mis anónimos y críticos lectores

A uno de mis anónimos y críticos lectores

“Cómo picar con una lima y limar con un martillo”

D. Lloris

Uno de los escasos lectores que debo tener en esta bitácora, me ha preguntado sobre el significado utópico de mis artículos pues no lo veía reflejado por ningún lado y, al parecer, ese era uno de los aspectos que dieron pie al impulso inicial de estas páginas.

A ti y a los que también lo hayan pensado, les diría que mi finalidad, al margen de otras utópicas veleidades, fue y es la de contar aquello que no suele salir a la luz tras el desarrollo de un proyecto o, solamente se cuenta en círculos reducidos de amigos y colegas.

Decir a los más jóvenes que, están inmersos en una sociedad, educada en una cultura naif, reciben enseñanzas válidas, aunque, en mi opinión, excesivamente edulcoradas por un entorno más cercano a la Walt Disney Productions que a la realidad objetiva.

Entiendo que, dedicarse a la investigación marina también puede traer consigo daños colaterales. No se trata de un colectivo que periódicamente pasa unas vacaciones en el mar. Es otra cosa distinta a la que suele contarse en un día de puertas abiertas o en las estas páginas de divulgación, así que aprovecharé la oportunidad para contar una anécdota que, como todas mis anteriores aportaciones, contiene el factor humano del que no deseo prescindir.

* * *

Hacía tiempo que había presentado, para su evaluación, la prolongación de un proyecto que estaba a punto de finiquitar. Se desarrollaba en el Canal Beagle (Tierra del Fuego – Argentina). En él se ponía de manifiesto la experiencia adquirida y cómo convertirlo en más eficiente si se disponía del equipo necesario para trabajar en esas latitudes, consiguiendo explorar lugares poco o nada hollados por el ser humano.

Uno de los detalles que, al parecer, desencadenó, la hilaridad de quién lo evaluó y su posterior rechazo, fue que se pedían fondos para adquirir un vehículo 4 x 4 con tubo de escape elevado (en chimenea o snorkel), como vienen preparados algunos camiones cuyos gases pretenden alejar de la trasera de su vehículo.

Su utilidad se justificaba por el intratable terreno a transitar, sin caminos, plagado de turbales, ríos y charcas de cierta profundidad, evitando así que el tubo de escape quedara sumergido inutilizando el vehículo. Además, podría servir de refugio cuando se dieran climatologías adversas, pues la meteorología cambiante del lugar advierte que durante un mismo día pueden darse la cuatro estaciones. Caso de no ser posible este medio de transporte, se proponía otra alternativa. La de adquirir caballos, por el módico precio de 4000 pesetas cada uno (poco más de 24 euros actuales) y equipos de acampada, luego de utilizarlos (vehículo, caballos y equipos) los donaríamos al centro de investigación base, donde serían recibidos de buen grado.

No me extenderé en detallar la respuesta de la evaluación, pero por si acaso el experto en cuestión leyese estas líneas y se reconociera, no quiero dejar de dibujar su inútil y magra visión, sobre la pesca en un litoral abrupto y, prácticamente deshabitado, hasta el punto que, en el escrito donde se rechazaba el proyecto, deslizaba algunos términos entre irónicos y jocosos, aludiendo a los vaqueros-pescadores y al olvido del presupuesto para la embarcación que seguramente utilizaríamos (qué sabría ese portento sobre ese asunto). El rechazo y los comentarios vertidos, aunque demostraban su total ignorancia e incompetencia, sobre el tema tratado, me dolieron y, eso que, supongo, nunca llegó a saber que, en otra ocasión, llegamos a utilizar el helicóptero del gobernador de Tierra del Fuego para ir a muestrear a Bahía Aguirre.

Tiempo después, durante una reunión, se me acercó un colega y en la conversación desplegada, luciendo una sonrisa, hizo una escurridiza alusión a la pesca a caballo en lugares inhóspitos.

No llegué a saber si se trataba del mencionado evaluador o alguien que participó en la chanza, pero le dije que me hubiera gustado ver cómo se cagaba de frío tras una lluvia o nevada, mientras su vehículo se quedaba atascado por una nimiedad de quedar el tubo de escape bajo el agua, mientras soplaban vientos de 80 o más km por hora y le solté un aforismo del Dr. Margalef pues no me parecía que él fuera de los capacitados de saber “cómo picar con una lima y limar con un martillo”.

* * *

Tal vez algún otro curioso intente intervenir, creedme si digo que me encantaría, pues se me hace difícil pensar que una institución como es el ICM donde, según se consigna en sus páginas de presentación, dispone de 65 senior researchers, 43 postdoc researches, 42 PhD students y 64 technicians, se puedan contar con los dedos de una mano los que han contribuido a esta bitácora.

No es la única sección que me ha llamado la atención. Hace unos días caí en las páginas dedicadas a un glosario de términos y fue sorprendente descubrir la pobreza existente en ese ámbito, pues la mayoría de ellos respondían a cada una de las letras del abecedario con una sola definición. ¿Qué está ocurriendo? – ¿Tanto trabajo tienen los investigadores que no pueden dedicar un día al mes a rellenar esas escuálidas y desangeladas páginas? – Animo, yo puedo aportar 1000 términos. ¿Cuántos podéis ofrecer vosotros? Ahí afuera hay un montón de gente esperando esas palabras. Si no lo hacéis, otros ocuparán ese espacio o en cualquier otra página capaz de recopilarlas, dejando un sitio de consulta permanente para quien quiera utilizarlas.


AUTOR:

Dr. Domingo Lloris, ictiólogo marino con 150 publicaciones, 60 proyectos, 52 campañas al Mediterráneo, Cantábrico, Mauritania, Namibia, Canal Beagle, mar argentino, Chile, Terranova. Pionero en el muestreo a más de 1000 m. de profundidad.

Portada: Vehículo todoterreno vadeando un río y equipado con tubo de escape de gases elevado (sistema snorkel). [Ref.: https://especiales.autocosmos.com.ar].

El indescriptible Chiloé – II

El indescriptible Chiloé – II

Dalcahue, la pick-up, los urbanitas y el lugareño

D. Lloris

Chiloé me deparó variadas anécdotas que llenarían un cuaderno entero de notas, pero no es cuestión de enumerarlas todas y esta es una muestra más de cómo, unos tipos de ciudad, se desenvuelven por parajes agrestes y se encuentran con la horma de su zapato. La primera, publicada en este mismo blog, versó sobre el oro de Pumillahue y, ahora, me he decidido por esta otra que, continuación, cuento.

Creo que fue camino de la comuna de Dalcahue que nos encontramos frente a una pronunciada y embarrada pendiente. Germán, nuestro colega chileno que conducía el pick-up, se detuvo justo en el borde superior, desde donde veíamos que alguien había colocado una larga serie de traviesas de madera con la finalidad de dar firmeza al movedizo y embarrado terreno. La duda consistía en confiar que el invento aguantara el peso que pretendíamos pasar con nosotros dentro y los extras de acampada amontonados en la caja posterior del vehículo. Sin movernos del interior del auto, evaluamos la posibilidad de seguir adelante o dar media vuelta y buscar otro sendero para llegar a una de las playas que buscábamos.

En esas estábamos cuando vimos que, por el margen izquierdo, subía muy lentamente un lugareño montado a caballo y decidimos esperar sentados en el interior del vehículo su llegada a nuestra altura, cuestión que se demoró más de lo que el flemático German esperaba, su impaciencia se puso en evidencia por los jocosos comentarios que hizo sobre la parsimoniosa idiosincrasia nativa.

Al llegar a nuestro nivel, a un gesto de Germán, el hombre del caballo se detuvo quedando a la expectativa y Germán preguntó – “Oiga paisano usted cree que con este carro podríamos bajar por esta pendiente” – El del caballo quedó meditabundo, sin pestañear y sin mover ninguna de las múltiples arrugas que surcaban su rostro y, al cabo, contestó con otra pregunta – ¿Tienen caballos? – Germán se quedó pasmado, se giró varias veces hacia nosotros con los brazos abiertos y cara de incredulidad hacia el hombre que ya había reemprendido su camino. Acto seguido – Germán – accionó las marchas a la vez que mascullaba – ¡Chucha! – ¿Caballos? – ¡ Este tiene un montón de ellos! Y, decidido, maniobró para iniciar el descenso.

Nada más entrar en el terreno embarrado lo supimos – no pasaríamos de allí – y lenta, pero inexorablemente empezamos a hundirnos de tal modo que las puertas quedaron atoradas y tuvimos que escapar por las ventanillas del inclinado vehículo saltando a la tierra más firme, situada en los márgenes de aquel sendero.

Cuando en alguna ocasión rememorábamos esta historia, aún nos reímos,   ya que lo mejor vino después. A pie, desandamos el camino hasta llegar a un ranchito que habíamos visto al venir. Nada más divisar la vivienda, ante las caras interrogativas de mis compañeros, me entró un ataque de risa, allí, a un lado, estaba el caballo y el hombre al que no habíamos escuchado con la suficiente atención.

El hombre estaba enjaezando una cadena al yugo de un buey y al vernos venir hizo un pausado y cachazudo gesto de asentimiento y moviendo la mano indicó el camino por donde veníamos. Esta vez sí lo entendimos y, cabizbajos, en silencio, llegamos junto a la semihundida pick-up, enganchamos la cadena que el buey venía arrastrando a la parte trasera y así pudo ser sacada del atolladero donde, Germán, confiando en sus muchos caballos y la fuerza de tracción del vehículo, la había metido.

La historia de esta jornada no terminó aquí y el barro del lugar protagonizó dos nuevos episodios.

El primero, ocurrió tras dejar el pick-up en el ranchito, al cuidado del lugareño y. al volver sobre nuestros pasos vimos a un pequeño y flamante 4×4 todoterreno que se disponía a descender por el mismo lugar de nuestro fallido intento. No llegamos a tiempo y tuvimos que ayudar a la pareja que lo habitaba a salir de él e indicarles el camino que ya conocíamos.

El segundo escenario ocurrió tras decidir seguir a pie hasta la supuesta playa que queríamos visitar. Mientras descendíamos la pendiente que no pudimos superar con el pick-up, meditaba que, de ser recurrentes estas condiciones, este era un lugar a descartar. Ahora bajábamos sin carga alguna, pero, con todo el equipo de pesca y los bidones con las muestras metidas en líquido conservador, sería una labor por la que no estaba dispuesto a pasar y, decidí no continuar, asentándome en uno de los estrechos pasos existentes a ambos márgenes del camino (posiblemente el utilizado por quienes lo hacían a caballo, como el paisano que habíamos encontrado anteriormente). Desde donde me dispuse a observar el descenso de mis colegas, mientras disfrutaba del paisaje y me fumaba unos cigarrillos.

De pronto, me pareció ver que Jaume, uno de los tres colegas que bajaban por la pendiente, desaparecía. Eso fue muy aparente por llevar una vestimenta de color rojo muy visible. A la vez, vi como Germán y Julio, nuestros colegas chilenos, se agachaban y tiraban de él.

Pasado un tiempo vi que volvían hacia donde me encontraba – Jaume cojeando – al llegar supe qué había ocasionado su vuelta. Jaume había caído en una poza cenagosa que se lo tragó hasta la cintura. Sacarlo había requerido un esfuerzo tal que hizo desistir de continuar y en el evento de extracción, Jaume había perdido una de sus maravillosas y caras botas de Gore-tex. No pude dejar de evocar una experiencia similar sufrida en solitario durante mi estancia, años atrás, en Cambaceres – Canal Beagle – Tierra del Fuego (Argentina).

No obstante, estos eventos, escasamente seductores, de las visitas a playas, acantilados y roquedales de Ancud, Castro, Chacao, Chonchi, Cucao, Dalcahue, Guabun, Pumillahue y Quemchi, guardo enriquecedoras experiencias, tanto humanas como profesionales, que espero nunca se borren de mi memoria.


AUTOR

Dr. Domingo Lloris, ictiólogo marino con 150 publicaciones, 60 proyectos, 52 campañas al Mediterráneo, Cantábrico, Mauritania, Namibia, Canal Beagle, mar argentino, Chile, Terranova. Pionero en el muestreo a más de 1000 m. de profundidad.

Foto de portada: El pick-up semi hundida en el barro. [Ref.: Fotomontaje D. Lloris].